Hoy quiero hablarles de algo que me parece muy importante.
Constantemente recibo gente, trabajo con gente, y me preocupa comprobar que
muchos tienen miedo de mostrar su asombro ante la belleza. Dudan continuamente
y no se atreven a mostrarse hermosos y maravillosos. Si nos queda alguna
esperanza como personas que aman, tenemos que proponernos demostrar ese amor,
sacarlo a la luz y no sentir temor. Por eso quisiera hablarles a quienes
todavía no están seguros, a quienes se muestran reticentes.
Quizás no se hayan dado cuenta, pero mucho de lo que no son
se debe a que literalmente están obstaculizando el camino hacia el crecimiento.
Por eso les suplico que se lo permitan. La vida y el amor están a disposición
de todos. Lo único que hay que hacer es aceptar la responsabilidad.
Sin embargo, muchos no confían en sí mismos. No creen en sí
mismos, ni siquiera se gustan a sí mismos. Hace poco estaba en mi oficina y
vino una chica encantadora que se sentó frente a mí. “Háblame de ti”, le dije:
“Vamos a compartir cuatro meses de clases y no quiero que seas una extraña.
Háblame de ti, y después te hablaré de mí”.
“No tengo nada que contar”.
“¿Cómo que no tienes nada que contar Háblame de lo
maravilloso que hay en ti.”
Luego de una larga pausa dijo: “Soy demasiado baja”.
“Sí, pero eres excelente alumna. ¿Sabías que te sacaste la
mejor nota en el examen?”
“Fue pura suerte.”
“¿Pero sabes que eres única en el mundo…?”
“¡No! Y basta de tonterías. Sé que no soy bonita. Son muy
pocos los que buscan mi compañía. Casi todo el tiempo estoy sola.”
Por supuesto; si estaba convencida de que era baja, fea y
estúpida y no tenía nada que contar, ¡Quién iría a acercársele? Cómo trabajé
con esa chica. Cuando salió de mi despacho era diez centímetros más alta.
Jack Para dice algo magnífico: “Mi vida parece una larga
carrera de obstáculos, y yo soy el principal.”
Quiero también leerles algo que me gusta mucho. Se titula
“Encerrado”, y lo escribió un hombre llamado Gustavson:
Toda mi vida viví
dentro de un coco.
Era un lugar oscuro y
estrecho, especialmente de mañana, cuando tenía que afeitarme. Pero lo que más
me mortificaba era que no había forma de tomar contacto con el mundo exterior.
Si nadie encontraba el coco por casualidad y lo golpeaba para abrirlo, estaba
condenado a pasarme la vida encerrado adentro. Y quizá morir allí también.
Morí en ese coco. Dos
años más tarde, alguien se topó con el coco, y lo abrió y me encontró allí,
encogido, seco como una pasa. “Qué pena”, dijeron. “Si lo hubiéramos hallado
antes, tal vez habríamos podido salvarlo. A lo mejor hay otros encerrados como
él”.
Salieron y rompieron
todos los cocos que encontraron. Pero fue en vano. Sólo un loco como yo puede
vivir dentro de un coco. Lástima que no pudiera contarles de mi primo, que vive
en una bellota.
No vivamos dentro de un coco ni de una bellota. Hay un mundo
afuera. Hay cosas fantásticas para ver, sentir, desear y lograr. La intención
del Creador no fue que nos pasáramos la vida dentro de un coco o de una
bellota. Ése sería el mayor de los pecados: no arriesgarse a salir del
cascarón.
A veces oigo decir a alguien: “Ya antes me han hecho daño,
de modo que no volveré a confiar”. Se puede aprender del dolor. Qué mundo tonto
es éste; creemos que todo tiene que ocurrir en un nivel de suprema felicidad.
Eso lo aprendemos de los medios de comunicación. Encendemos el televisor y
vemos gente que se enloquece por los copos de maíz.
No hay nada malo en experimentar un poco de dolor. Yo he
aprendido muchas cosas maravillosas en situaciones de dolor. De hecho, a veces
la muerte nos enseña algo sobre la vida. La desdicha nos enseña la felicidad.
Por eso debemos aceptarla cuando nos toque. Es parte de la vida.
¿De dónde sacamos esas ideas autodestructivas que nos
limitan, que nos hacen sentir solos, que nos aburren, que matan la
espontaneidad y la sorpresa? Son contrarias a la vida. Son contrarias a la
maduración y al cambio. Dejémoslas de lado. Pero, ¿dónde las hemos aprendido?
A veces las tomamos de las personas más queridas. Lo
aprendemos en la familia. Si se quiere aprender a madurar y a conocer la
dignidad, no hay mejor sitio para empezar que en el propio hogar. A veces
demostramos la menor cantidad de cariño a las personas que más queremos.
Elogiamos a los compañeros de oficina, pero jamás a nuestros hijos, maridos o
esposas.
Recuerdo cuando llegué a la isla de Bali. No hacía más de
dos horas que estaba en mi casita cuando vinieron unas siete u ocho personas y
me trajeron regalos: un hermoso batik, flores para adornar la habitación.
¡Obsequios! Yo no tenía nada para darles. Y por supuesto, proviniendo de
nuestra cultura, sentía que tenía que retribuirles con otro obsequio. Recuerdo
que era víspera de Navidad, y casi ninguno de ellos había oído la historia del
nacimiento de Cristo. Por eso me pareció que sería hermoso relatársela. “Hoy es
Nochebuena”, les dije.
“¿Qué es Nochebuena?”
Contar esa historia en un país no cristiano es algo muy
especial. Me escucharon atentamente y les encantó, les pareció algo magnífico.
Pero hubo algo que no alcanzaron a comprender: “¿Qué es eso de que no dejaron
entrar a María en la posada?”.
“Bueno, no había lugar.”
“¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cuánto espacio ocupa una mujer?
Siempre hay lugar en las posadas.”
Traten de explicarlo alguna vez. Tuvo que dar a luz en un pesebre.
Lo último que me dijo uno de los niños fue: “Sigo sin entender por qué no le
permitieron entrar”.
Hay gente que no conoce a sus vecinos y hace más de diez
años que vive en un mismo sitio. Nos tocan el timbre y tenemos miedo de abrir
la puerta. ¿Qué nos está pasando? Lo triste del caso es que, una vez que
adquirimos esos hábitos, filtramos a través de ellos cualquier cosa nueva que
aprendamos, y no cambiamos. Eso nos impide desarrollar todo nuestro potencial.
Es necesario que abandonemos esos hábitos porque de lo contrario nuestro mundo
será muy limitado, lleno de sospechas y cosas feas.
En mis épocas de estudiante, llevaba turistas
norteamericanos a recorrer Italia. Así podía visitar a mis parientes y cobrar
dinero. En Venecia, por ejemplo, los llevaba no sólo al gran canal sino a otros
sitios menos conocidos. Hay en Venecia una hermosa islita a la que se llega en vaporetto. Nunca tomen las góndolas
porque son demasiado caras. Yo los acompañaba allí y ellos paseaban muy
incómodos, mirando todo con aprensión. ¿Saben lo que me dijo uno? “Lo que le
hace falta a Venecia es una buena mano de pintura”.
¿Saben cómo llaman los italianos a la isla? La Isla de los Arco Iris. La pintura está
descolorida, descascarada de las paredes, pero se refleja en el agua en infinitos
tonos de colores. Esas personas no estaban preparadas para apreciar la belleza.
Lo único que podían ver era que a Venecia le hacía falta pintura.
Al sur de Italia hay un sitio denominado Positano que tiene
una enorme escalera. Le dicen la scalinatella.
Tiene miles de peldaños. A mí me encantaba bajarlos. A mitad de camino, los
turistas comentaban: “¿Cómo no se da cuenta esta gente que lo que hace falta es
una buena escalera mecánica?” Debemos tener cuidado de no dejarnos dominar por
nuestros hábitos y preconceptos. Filtramos todo a través de nuestros hábitos y
no vemos lo que realmente es. Vemos sólo lo que proyectamos. Por eso, somos
suspicaces, sentimos miedo. ¿Y qué conseguimos? No experimentar la belleza ni
la vida. Dejemos de trabajar en contra de nosotros mismos: escojamos el camino
de la confianza. Todo depende de uno. También se puede optar por los
perjuicios, por la desesperanza, por la angustia, por la intolerancia, pero,
¿para qué? No tiene sentido. Sólo les advierto que, si resuelven aceptar la
responsabilidad total de sus vidas, no les será sencillo y tendrán que aprender
a arriesgar. El riesgo es la clave del cambio. Y sólo la persona que arriesga
es libre. Mantenerse oculto a los demás, aceptar los hábitos de la
intolerancia, es alejarse de la vida. No permitan que eso suceda. No sólo por
ustedes mismos sino por los demás. Eso es todo.
Se potessi prendere un arcobaleno Lo farei proprio per te E condividerei con te la sua bellezza Nei giorni in cui tu fossi malinconico Se potessi costruire una montagna Potresti considerarla di tua piena proprietà Un posto dove trovare serenità Un posto dove stare da soli Se potessi prendere i tuoi problemi Li lancerei nel mare Ma sto trovando che tutte queste cose Sono impossibili per me Non posso costruire una montagna O prendere un arcobaleno luminoso Ma lasciami essere ciò che so essere di più Un amico sempre presente
Questo è un Certificato d'Abbraccio!! Mandane uno a tutti i tuoi amici che credi che siano degni di meritare un abbraccio. Mandane uno a tutti i tuoi amici, inclusa la persona che te l'ha inviato! UN ABBRACCIO Paola..